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Modesto Saavedra, relegado por la historia

Nota de prensa que sali publicada en el periodico Página Siete el día domingo 13 de febrero de 2022 en la sección ideas y subsección Letra Siete en las páginas 14 y 15

En su libro “Porque fui a la guerra”, el exexcombatiente narra las percepciones sociales de su época, cuenta las inquietudes en el campo de batalla y aborda el tema latente del racismo.

Freddy Zárate

Hace 86 años atrás, en junio de 1935, terminaba la contienda bélica más larga del siglo XX que enfrentó a Bolivia y Paraguay en la llamada guerra del Chaco (1932-1935). Este acontecimiento bélico marcó a varias generaciones en el plano social, cultural y político, llegando a tener múltiples apreciaciones y que de alguna medida sigue gravitando sobre nosotros en la actualidad.

Para contextualizar el periodo posguerra del Chaco, recurrimos al historiador y diplomático Jorge Siles Salinas (1926-2014), quien en su estudio sobre La literatura boliviana de la guerra del Chaco (La Paz: Ediciones de la Universidad Católica Boliviana, 1969) asevera que “todos los relatos de la guerra fueron publicados inmediatamente después de su terminación, entre los años 35 y 38, como si sus autores se hubieran sentido apremiados en comunicar cuanto antes, las impresiones imborrables que en los años anteriores les tocó vivir”. Esto explica la amplia y variada bibliografía concerniente a la guerra del Chaco.

Pero, paradójicamente, las secuelas de la guerra tuvieron dos miradas contrapuestas en el campo de las letras. Por un lado, la literatura que se encuentra dentro del “canon”, aquella que es aceptada, difundida y estudiada, como, por ejemplo, Repete (Jesús Lara), Sangre de mestizos (Augusto Céspedes), Aluvión de fuego (Oscar Cerruto), Prisionero de guerra (Augusto Guzmán), La punta de los 4 degollados (Roberto Leitón), entre otros. Y en la otra orilla, se encuentran los libros que pasaron a ocupar el sitial del olvido y la indiferencia como Esclavos y vencidos (Claudio Cortez), Mariano Choque Huanca (Luis Landa Lyon), Chaco (Luis Toro Ramallo), y otros. A esta lista se suma el nombre de Modesto Saavedra, que merece que se le preste especial atención por su testimonio de excombatiente del Chaco y su postura regionalista que llegó a perturbar a los detentadores del poder.

Porque fui a la guerra

El libro de Modesto Saavedra, Porque fui a la guerra (tributo a una ideología), se publicó en Buenos Aires el año 1937. En realidad, debemos hablar de dos partes perfectamente diferenciadas: el diario de la guerra del Chaco y su propuesta de independencia de Santa Cruz de la Sierra. Por razones de espacio, en esta primera parte nos ocuparemos del diario de campaña de Saavedra, que tiene como punto de partida el año 1928.

En ese tiempo -escribe Saavedra-, “se creía inminente el encuentro entre Bolivia Paraguay por el viejo litigio del Chaco”, debido al enfrentamiento de ambas patrullas en el fortín Vanguardia: “Como resultado de ello, Bolivia se posesionaba a bayoneta limpia y en represalia del fortín Boquerón. Fue entonces que las fuerzas activas del ejército de Bolivia marcharon a pasos agigantados, unas en dirección al S. E. y otras hacia el Oriente, mientras ya se podía contar un puñado de soldados muertos en las lejanías chaqueñas”.

Según narra Modesto Saavedra, el incidente en el fortín hizo que la juventud “nacida en una tranquila cuna” se “desabrochara el paletó para vestir uniforme militar y correr con sed de triunfos en busca de un enemigo contra quien vengar los primeros caídos en el doloroso contraste de la contienda”.

Otro dato distintivo de la época, es el ambiente psicosocial, que estuvo caracterizado por ser una “masa gritona y nerviosa, presa de horas largas de exaltación”, que veían como destino las arenas del Chaco. Como dato personal, Saavedra indica que su madre se opuso a su enrolamiento en el ejército por no tener la edad suficiente y no pudo convencer al “milico” de ello, “pues tenía noticias el tal oficial de que yo era un enemigo irreconciliable de los collas y debía por ello viajar al teatro de las próximas operaciones bélicas”.

Al respecto, el autor puntualiza su mirada a occidente: “Yo no tuve jamás una palpitación de odio para el colla, por lo mismo que la verdad sombría de nuestro antagonismo no la había llegado a comprender todavía en toda su desnudez. Además, si odio puede llamarse a la no comprensión o, mejor dicho, conjunción de pareceres, a las diversas discrepancias de criterios, no puede ser más errado el concepto. De todas maneras, lo cierto es que, a medida que el contacto me llevaba a estrecharme con el elemento de Occidente de Bolivia, nacía espontáneamente en mi alma el reproche olímpico para todos aquellos hombres que habían hecho de Oriente materia de indiferentismo, en cuanto a sus necesidades y de escarnio a su sociedad. A medida que fui adentrándome en el espíritu de aquellos hijos del sol, fui entendiendo también que éramos dos pueblos distintos hasta en el sol que nos alumbra”.

Fortín Vanguardia

Modesto Saavedra fue anotando y registrando varios episodios de la guerra del Chaco. Es así que llegó a conformar una especie de diario de campaña, en el que cuenta sus travesías en el fortín Vanguardia: “Una sola mañana de caminata. Ahí están los 5 héroes acribillados a balazos por los paraguayos, bajo las sombras de la noche”. Ante el sombrío panorama, uno de los oficiales le dice: -“A Saavedra es necesario enseñarle, a toda prisa el manejo y nomenclatura de una ametralladora: es estudiante y fácilmente llegará a ser un buen soldado”. Con un tufillo elitista, Saavedra se lamenta que en todas direcciones se encuentran soldados aymaras y quechuas; “por esta vez, son nuestros maestros”, señala.

Vestido de uniforme caqui, Saavedra recuerda que “se encontraba listo para entrar en acción, mimetizándose con las enramadas y arenales. Con este traje nos hallamos indiscutiblemente bajo órdenes incaicas y pospuestos al último escalón de las gradaciones zoológicas: como tercera persona después del perro”. Según registra el autor, había “50.000 mandones o indios que sabrán acertar muy bien sus bofeteadas desde el estómago para arriba. Mientras recibimos toda clase de enseñanzas y maltratos… en Washington se ha de arreglar la discrepancia entre los dos pueblos”.

Desde su llegada al fortín Vanguardia pasaron varias semanas, en las cuales Saavedra revela que su estadía estuvo llena de infortunios personales, recurrentes golpes, marchas, traslados y escasa alimentación: “Esta vida continuó durante medio año sin haber cambios favorables para las tropas en este sector, hasta que, por merced a la suerte, se llegó a un arreglo entre ambos países: Paraguay refaccionaría a Vanguardia y Bolivia entregaría Boquerón, teniendo que permanecer en statu quo el problema chaqueño”. Como se sabe, el presidente Hernando Siles apeló la vía diplomática, llegando a apaciguar la tormenta bélica con la firma de un acta de conciliación entre los países involucrados.

Segunda partida al Chaco

A medidos de 1931, Modesto Saavedra indica que tuvo una alarmante sentir que “no podía precisar, pero temía; era algo, repito, que empezaba a inquietarme, sin poderlo descifrar. ¿Era la guerra? No lo sé. Lo cierto es que por encima de una fingida tranquilidad en que vivía el pueblo, negros presagios nos hacían palidecer, pero pensábamos a la vez que la paz y el progreso serían el lema de Bolivia”.

Pero se hacía cada vez más frecuente -dice Saavedra- escuchar a civiles y militares las siguientes frases: “pisar fuerte en el Chaco”, “con diez mil hombres en el Chaco podemos dar valor a nuestros derechos”, “el militar boliviano es el mejor de América”, “Ejército disciplinado”.

Pasado un tiempo, el vaticinio de una guerra se hizo presente el año 1932, con el acontecimiento de Laguna Chuquisaca, o Pitiantuta, la cual condujo a la movilización del ejército del boliviano: “La efervescencia cívica cundió en todos los ámbitos de la nación y entre la marcialidad de las bandas de música y el sarcástico repique de campanas, los hombres pedían a voz en cuello la salvación del honor nacional”.

Finalizada la guerra, Modesto Saavedra se pregunta: “¿Por qué fui a la guerra?, ¿por aventura juvenil?, ¿por curiosidad?, ¿por patriota?”. A lo que responde: -“Más la verdad es que creí como creyó el pueblo entero de Santa Cruz de la Sierra y como creyeron el Beni y todos los pueblos y comarcas del oriente, que llegaba la hora para aquellos que hasta ayer se acribillaban con miradas de fuego, en un antagonismo de raza, de darse la mano en señal de confraternidad ampliamente boliviana, para marchar todos en pos de una sola causa y de común acuerdo en sentimientos y en ideas”.

Volviendo al diario de Saavedra, se puede advertir de manera reiterada sus reflexiones sobre la existencia de dos miradas sobre Bolivia: “¿Qué sabían los hombres del altiplano de nuestras necesidades gritadas diariamente; de nuestras costumbres castellanas; de nuestro lenguaje; de nuestros modismos; ideales; inquietudes y, en fin, de nuestro espiritualismo?”. Del mismo modo, Saavedra contrapone su pregunta: -“Nosotros ¿qué sabíamos de ellos…?”.

Las inquietudes de conocer al otro -es decir a los de occidente- fue uno de los motivos que empujó a Saavedra al Chaco: “A la trinchera fui con todos los orientales, con el corazón en la mano, sin reclamar nada, sin lanzar protesta, sin exigir condiciones de ninguna índole, en busca del corazón del colla”.

Pero la firme convicción de Saavedra se fue diluyendo por los conflictos étnicos latentes en las trincheras del Chaco: “Desde hacía tiempo comprendía este problema: pero lo suponía aparente, por lo mismo que las circunstancias me privaron de conocer mejor. La guerra del Chaco para mí ha sido la más amarga decepción, el más trágico desencanto, porque a pesar de la mortandad en la pelea, el antagonismo siguió en pie; es decir, que antes de hermanarse los hombres en esta desgracia, las pasiones se ahondaron y nos disgregamos más; tal es una de las irrefutables verdades que nos ha dejado la guerra”.

Fragmentos del campo de operaciones

“Los caminos que ayer conducían al Chaco trazados en pizarras por el mismo puño de nuestros hombres, no se encuentran. Primer engaño sufrido por la palabra de nuestros militares que se jactaban en las ciudades de haber cruzado el terreno con redes inconfundibles de caminos. Traidoras mentiras”.

“Tenemos fuerzas para soportar la sed y el hambre, aún cuando sea en disputa con la muerte misma; el sol calcinante, el agua putrefacta y el lodo profundo nos permiten avanzar 20 Km por día. Nuestros jefes y oficiales se hacen abrir paso con las tropas…”.

“Ya en Camacho podemos apreciar los saludos de muchos camaradas inscritos en los árboles de los lugares de paso. Estamos a 50 Km. de Corrales; allí están frente a frente parte de los ejércitos en lucha…”.

“La marcha continua todo el día… Nuestros jefes presienten un encuentro decisivo… Tenemos que llegar mañana al teatro de la matanza y de inmediato comprobar la calidad del armamento con que estamos munidos… Se nos ordena entrar en las trincheras y se nos provee de ración seca para empezar a actuar… El estruendo de cañones y tableteo de las ametralladoras, a la distancia, es incesante… Cada vez arrecia más y todo huele a muerte, a humo… Todo es alarido y exclamación grotesca. Frente a la orden palidecemos… Ninguno pretende profanar aquel momento de muerte que se avecina, tal vez hoy, tal vez mañana…”.

A manera de conclusión

El testimonio del excombatiente Modesto Saavedra resulta, sin duda, una mirada sugestiva que, en la actualidad despertará gran interés por parte de los estudiosos de la guerra del Chaco. Ya que, la narrativa de Saavedra nos recuerda que el conflicto del Chaco empezó en 1928, y tuvo una breve pausa, que estuvo cargada de intrigas e inestabilidad política, hasta que se volvió a retomar las armas en 1932.

El libro refleja percepciones sociales de su época, inquietudes en el campo de batalla y el tema latente del racismo. En este último caso, su enfoque no está centrado en denunciar la discriminación a los aymaras o quechuas, tal como lo describieron, por ejemplo, Jesús Lara en Repete o Luis Landa Lyon en Mariano Choque Huanca, sino que muestra el racismo a la inversa, es decir, a los soldados de oriente que sobrellevaron el rechazo y segregación en las arenas del Chaco. Estos aspectos de cuño regionalista -entre occidente y oriente- merecen ser estudiados en su verdadera magnitud, para no recaer en una mirada netamente de occidente. Por eso la gran importancia del excombatiente Modesto Saavedra que merece una nueva relectura frente a la gran injusticia de la historia. Pero aún tenemos tiempo para repararla.

Freddy Zárate Abogado

Informe de Fondo Tadic y Otros C Bolivia

Informe de Fondo Tadic y Otros C Bolivia o también llamado el informe sobre el caso de la masacre en el Hotel Las Americas o el caso Rózsa

El caso Rozsa

 El caso Rozsa o también llamado el caso del Hotel Las Americas donde varias personas perdieron la vida en un dudoso operativo, aqui el video donde Evo Morales entonces presidente de Bolivia da la orden

Fuente: https://www.youtube.com/watch?v=HSvpPCei5Tw

EXPLORACIÓN INCA: #1 COLLASUYO: EL MISTERIO DE LAS CONSTRUCCIONES MEGALÍTICAS | EPISODIO COMPLETO

Todo sobre la historia delos Incas, en este post se hablara sobre el Kollasuyo, las cuatro regiones del mundo incaico
  • Antisuyo al este
  • Contisuyo al oeste
  • Kollasuyo al sur
  • Chinchasuyo al norte

Fuente: https://www.youtube.com/watch?v=pfQAccJS0sg 




Relato de un pueblo, múltiples voces

Nota de prensa que salio publicada en el periodico Página Siete el día domingo 13 de febrero de 2022 en la sección ideas y subsección Letra Siete en las páginas 12 y 13

La publicación de la APDHB narra cinco hechos sucedidos en la lucha por la democracia entre el 20 de octubre y el 24 de noviembre de 2019, un relato construido por muchas voces.

Alfonso Gumucio Dagron

La historia transcurre en líneas paralelas, con lecturas diferentes. Los mismos hechos pueden ser recordados y contados con matices distintos, no solamente por el sesgo político sino por el peso que se otorga en la balanza de la memoria a la interpretación y a la vivencia personal.

No importa en qué orilla de la ideología se coloquen quienes piensan de una u otra manera, pero el cauce del río que los separa no debe dividirlos en lo fundamental: el ejercicio de los deberes y derechos ciudadanos, el respeto y la honestidad con el otro, la verdad sobre los hechos y la consecuencia con las libertades.

El río caudaloso de la historia, avanza regando a ambos lados generosidad y compromiso para permitirnos crecer como naciones libres y soberanas, basadas en valores humanos que tienden puentes desprovistos de intereses mezquinos.

La libertad es un principio humano que no debe ser violado con argucias políticas, y los derechos consagrados por las leyes no deben ser escamoteados con trampas y por capricho de unos pocos poderosos.

Por ello, es primordial conocer quién narra los hechos. No es lo mismo la voz independiente de los defensores de la verdad histórica y de los derechos humanos, que la avalancha de propaganda de un gobierno que controla los medios de información con recursos públicos.

Relato de un pueblo: Derechos Humanos y resistencia democrática en 2019, publicado por la Asamblea Permanente de Derechos Humanos de La Paz, es una lectura testimonial que tiene un sesgo humanista ineludible: el respeto de los derechos humanos individuales y colectivos en un periodo fundamental de la historia reciente de Bolivia. No puede uno estar en contra de ese principio básico de transparencia.

El relato ha sido construido por muchas voces para contrarrestar el avasallamiento de la memoria por un relato paralelo basado en falsedades. Este es un trabajo colectivo que habla desde lo más profundo del testimonio y de la experiencia. Repasa sucesos de confrontación entre los bolivianos, y ofrece información indispensable sobre el contexto que llevó a esos hechos, las etapas sucesivas que permitieron que en Bolivia se establezca un régimen autoritario que controla todos los poderes del Estado y viola la Constitución, las leyes y las convenciones internacionales.

Entre esos hechos es importante mencionar: la aprobación forzada de la nueva Constitución Política del Estado en 2009, las elecciones generales de 2009 y de 2014, los intentos anti-constitucionales para prorrogarse indefinidamente en el poder, el referendo del 21 de febrero de 2016, las elecciones judiciales de 2017, el avasallamiento progresivo de todos los poderes del Estado, el uso y abuso de recursos del erario en la propaganda de una sigla política y una persona, y la violación de derechos individuales y colectivos. Esos, entre otros hechos con los que se llegó a las elecciones de 2019, marcadas por un fraude preparado con premeditación y alevosía.

El libro hace énfasis en cinco momentos cardinales de la lucha por la democracia en octubre y noviembre de 2019, para que no se olviden las jornadas de resistencia que marcaron la memoria de quienes participaron.

La primera etapa se produjo a lo largo de varios años con la estrategia de copar todos los poderes del Estado, violando la propia Constitución Política que se había aprobado según el diseño que quería el MAS, y que limitaba a dos periodos consecutivos la permanencia en la presidencia del Estado. El control del sistema de justicia, incluido el Tribunal Constitucional Plurinacional, permitió al MAS habilitar nuevamente a sus candidatos a la presidencia y vice-presidencia.

El segundo momento se produjo el día de las elecciones del domingo 20 de octubre, cuando la interrupción del sistema de transmisión de datos electorales en tiempo real, puso a la población en alerta ante un posible fraude para impedir una segunda vuelta electoral en la que el candidato Evo Morales perdería, según todas las encuestas. El conteo rápido de actas fue interrumpido deliberadamente durante 23 horas, al cabo de las cuales la tendencia fue revertida y los porcentajes que ofreció el Tribunal Supremo Electoral (TSE) regalaban una victoria en primera vuelta al candidato del MAS.

La misma noche del domingo 20 comenzaron las vigilias ciudadanas para proteger el voto en todas las capitales de departamento. En pocos días se documentaron varios incidentes de maletas electorales trasladadas irregularmente a domicilios privados, papeletas marcadas en favor del MAS, material electoral en basureros, actas falsificadas, etcétera.

Cuando, a pesar de esas evidencias, se reinició el sistema de TREP el lunes y el TSE otorgó a Evo Morales la victoria en primera vuelta, la población redobló las vigilias y algunos grupos de ciudadanos enardecidos (en medio de los que se filtraron provocadores enmascarados) atacaron e incendiaron los Tribunales Electorales Departamentales (TED).

La tercera etapa comenzó el miércoles 23 de la misma semana de octubre, cuando una amplia gama de instituciones se sumó al paro cívico y exigió transparencia y respeto al voto ciudadano. Varias instancias de la Iglesia Católica, estudiantes y profesores de universidades públicas en todos los departamentos, gremios de médicos, de maestros, y cooperativistas, militares en servicio activo y pasivo, comités cívicos y colegios de profesionales, elevaron su voz para denunciar el fraude electoral. En esos días su reclamo fue acompañado por la misión electoral de la OEA, por la Unión Europea y varios países que pidieron al gobierno de Bolivia transparencia y una segunda vuelta electoral.

Los reclamos se apoyaron en peritajes realizados por expertos informáticos que revelaron irregularidades en las actas que el propio Órgano Electoral Plurinacional (OEP) publicó en su plataforma de internet. El ingeniero Edgar Villegas fue el primero en mostrar pruebas, y en pocos días se presentaron otros estudios independientes del ingeniero Rodolfo Salinas, de la Comisión Técnica, Informática y Jurídica del Consejo Universitario de la Universidad Mayor de San Andrés, del ingeniero Mateo Urquizo, del Colegio de Ingenieros de Santa Cruz, además de informes de las dos empresas de seguridad informática contratadas por el OEP, Neotec y Ethical Hacking, que confirmaron la existencia de un servidor externo que habría manipulado las actas durante el apagón de 23 horas.

La incertidumbre de la población sobre un fraude electoral se convirtió entonces en una certeza probada científicamente. Ello motivó a más ciudadanos a salir a las calles a cerrar con cintas y banderas tricolor las principales arterias de las ciudades, impidiendo el paso de vehículos.

Esta fase de participación ciudadana, que tuvo que enfrentar a grupos violentos, se extendió durante 21 días en los cuales el país estaba paralizado en espera de una solución política que solo podía pasar por la renuncia del presidente, directamente implicado en el fraude.

En los primeros días de noviembre se produjeron las dos primeras muertes en Montero, por disparos de militantes del MAS, según pudo identificar la Policía que tomó presos a los agresores. En Cochabamba falleció tres días después un estudiante. Las agresiones a periodistas por parte de grupos de choque se repitieron todos los días.

Los pedidos de transparencia al TSE se generalizaron, y en pocos días se convirtieron en pedidos de renuncia de los vocales. Desde fines de octubre numerosas organizaciones e instituciones de la sociedad exigieron además la renuncia del presidente Morales y nuevas elecciones sin su participación, como la única posibilidad de lograr una salida política para terminar con la polarización y la violencia.

Cansada de ser utilizada como instrumento de represión, la policía de Cochabamba se acuarteló el 8 de noviembre, y en las horas siguientes lo hicieron policías de otros departamentos. Las calles quedaron libradas a enfrentamientos desiguales entre vecinos desarmados y grupos afines al MAS armados de palos, cachorros de dinamita y bombas molotov preparadas en instituciones del Estado, como el Ministerio de Culturas.

La cuarta etapa se inició con la renuncia del presidente, vicepresidente, ministros y parlamentarios del Movimiento al Socialismo, con el propósito de crear un vacío de poder y precipitar una profunda crisis política, económica y social. La policía y el ejército se replegaron, lo cual dejó el espacio libre para que simpatizantes del MAS salieran a las calles al grito de “Ahora sí, guerra civil”.

Los ciudadanos de El Alto y de La Paz, que habían protegido las calles de sus barrios, se replegaron atemorizados a sus viviendas. La imagen de tiendas, casas y edificios con puertas protegidas por calaminas o planchas de madera se hizo cotidiana, ante el temor de una avalancha de asaltos como la que tuvo lugar en varias ciudades, donde grupos violentos vaciaron tiendas y robaron empresas industriales.

El miedo a la violencia hizo que los ciudadanos se pertrecharan en sus casas luego de comprar alimentos, agua y otros artículos de primera necesidad que dejaron las tiendas vacías. Se acabó el gas en garrafas y el combustible para los vehículos, las ciudades quedaron desiertas y abandonadas. Salir a la calle con una bandera boliviana se convirtió en una afrenta, por lo que simpatizantes del MAS no dudaron en atacar a personas indefensas.

El Movimiento al Socialismo circuló mensajes con la consigna de crear caos, y distribuyó dinero en efectivo a grupos como los que cercaron e intentaron tomar la planta almacenamiento de combustible en Senkata o cocaleros que llegaron desde el Chapare hasta Sacaba con la intención de ocupar la ciudad de Cochabamba. En ambos casos, el ejército intervino causando víctimas mortales. Algunos fallecidos eran solamente curiosos que merodeaban por el lugar, pero otros eran militantes con armas no convencionales. Esta cuarta etapa se caracterizó por el miedo de la ciudadanía en una situación de vacío de poder que fue aprovechada por vándalos motivados políticamente o por simple afán de pillaje.

La quinta etapa se desarrolló en paralelo: las negociaciones para una sucesión constitucional que devolviera al país la paz social. Con mediación de la Iglesia Católica, representantes de la Unión Europea y de Naciones Unidas, y la participación de dirigentes de diversas fuerzas políticas, entre ellas el propio MAS, se llevaron a cabo reuniones que establecieron la ruta para el retorno a la vida democrática.

La Asamblea Legislativa Plurinacional, con la participación de algunos diputados y senadores del MAS que no habían renunciado, avaló la sucesión constitucional. La senadora Jeanine Añez fue nombrada presidenta transitoria, con la principal misión de encaminar a Bolivia hacia elecciones democráticas y transparentes en el plazo más breve posible, con un Tribunal Supremo Electoral imparcial y con la participación sin exclusiones de todas las fuerzas políticas.

El mérito de este libro es que no tiene otro propósito que refrescar la memoria de los hechos y de las voces que narran esos hechos. Todo puede ser corroborado en las noticias de esas cinco semanas que transcurrieron entre el 20 de octubre y el 24 de noviembre de 2019.

Testimonios recogidos por periodistas, observaciones directas y fotografías que se publicaron en plataformas virtuales, así como los relatos recogidos después de los hechos, forman parte de este documento que pretende que no nos gane la amnesia provocada por la avalancha de desinformación.

Yo viví esas jornadas, no me las contaron. Como tantos otros ciudadanos viví la indignación por las manipulaciones y el fraude. En las esquinas cercanas a mi domicilio estuve día a día en la resistencia pacífica de los vecinos, familias enteras envueltas en banderas bolivianas que extendieron de un lado a otro de las calles cintas y banderas para cortar el tráfico de vehículos. Vi adultos mayores que sacaron a las calles sillas o bancos, y mamás que se reunieron con sus hijos en los puntos de bloqueo.

A través de los teléfonos celulares o de radios de transistores, todos seguían la evolución de las noticias. Una sensación de júbilo invadió a los “pititas” cuando Evo Morales reconoció que hubo irregularidades en el acto electoral, destituyó a los vocales del TSE y renunció junto con todo el elenco del MAS.

Pero ese día empezaron las jornadas de miedo que hicieron replegarse a sus casas a los vecinos, proteger sus puertas con calaminas y esconder la bandera nacional.

Alfonso Gumucio Dagron / Escritor y cineasta

Lost in the jungle

Lost in the jungle es un libro que cuenta las aventuras de un israeli que se perdio en el parque Madidi en el departamento de La Paz en Bolivia

Otra historia de un un chileno de 25 años que se perdio por 9 dias en dicho parque natural y que sobrevivio con la ayuda de monos silvestres, su historia puede ser leida en el siguiente enlace

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YPFB habilita “Pago Simple” con tecnología QR para pago de los servicios de gas domiciliario, industrial y comercial

Yacimientos petroliferos Bolivianos habilito el pago del uso del gas a traves de Códigos QR, en este infograma es posible ver todos los pasos a seguir



Alto Madidi, el campo de confinamiento de Banzer

Nota de prensa que salio publicada el día domingo 16 de Enero de 2022 en la sección ideas y la subsección letras en las páginas 12 y 13

Un relato de esa conflictiva época fue rememorado por Jesús Taborga en el libro “Fuga de la prisión verde. Alto Madidi: un campo de concentración de la dictadura de Banzer”.

Freddy Zárate

A mediados del siglo XX, el escritor cochabambino Ricardo Bustamante afirmó que “los sucesos limitan el tiempo, como las cosas limitan el espacio. El tiempo sin sucesos es la nada, y el espacio sin existencias se convertiría en la fuerza expandida al infinito, pero siempre ponderable y dispuesto a reaparecer, para condensarse nuevamente”. En la actualidad, muchos episodios de la historia contemporánea se fueron olvidando por la memoria colectiva, o en otros casos son rememorados de manera parcializada. Ante la amnesia social, quedan los testigos de la historia, aquellos que lograron registrar testimonios y remembranzas de los tortuosos senderos de la dictadura castrense.

El informe de 1976

A mediados de los años 70, la COB promovió la publicación del informe sobre la Violación de los Derechos Humanos en Bolivia (1976), en el cual denunciaron los atropellos cometidos por el gobierno de facto del coronel Hugo Banzer Suárez. Dentro de las diversas acusaciones reveladas en el informe, se encuentra la apertura de campos de concentración y centros carcelarios en distintas partes del país.

El texto menciona, por ejemplo, el campo de concentración de Alto Madidi, que fue habilitado en el mes de septiembre de 1971 para “resguardar” a varios presos políticos: “Allí fueron trasladados más de 60 presos políticos, obligados a construir su propia vivienda. La intención del gobierno era en principio habilitar un gran campo de concentración. Pero la acción decisiva de algunos presos, ayudados por los propios soldados que custodiaban dicho campamento, frustró toda esta intención. En el mes de noviembre, luego de tomar el campamento, lograron capturar un avión y fugar al Perú. Esta acción fue calificada por el gobierno como financiada y ayudada por extranjeros. Tratando de ocultar la inseguridad de su propio campamento que por guardar condiciones insalubres se encontraban imposibilitados de mantener custodias”.

La Comisión de la Verdad

En marzo de 2021, la Comisión de Verdad, tras más de tres años de investigación sobre los delitos de lesa humanidad perpetrados por los gobiernos militares (1964-1982), entregó como acto de desagravio un extenso documento de 11 volúmenes al presidente del Estado Plurinacional. Paralelamente a ello, la Comisión presentó el libro Memoria histórica de las investigaciones. Dictaduras 1964-1982 (La Paz, 2021), un compendio de la ampulosa investigación. En el punto referido a las “características de los centros de detención clandestina” bajo la dictadura de Banzer, indican que se instauró el campo de confinamiento en Alto Madidi.

Hay que indicar que este pasaje del texto es llamativo por la presunta “indagación” de la Comisión, que, en este punto, prácticamente se limitó a transcribir fragmentos del informe Violación de los Derechos Humanos en Bolivia de 1976, y sin citar fuente alguna reprodujeron lo siguiente: “Allí fueron trasladados más de 60 presos políticos, obligados a instalarse en ese inhóspito lugar. La intención del gobierno era en principio habilitar un gran campo de concentración. Pero la acción decisiva de algunos presos, ayudados por los propios soldados que custodiaban dicho campamento, frustró toda esta intención”. ¿Un descuido de los integrantes de la Comisión de la Verdad?

El testimonio de Taborga

Saliendo del esquema de los informes mencionados, se puede encontrar testimonios de presos políticos que estuvieron en Alto Madidi. Un relato de esa conflictiva época fue rememorado por Jesús Taborga, quien llegó a publicar el texto Fuga de la prisión verde. Alto Madidi: un campo de concentración de la dictadura de Banzer (La Paz: Editorial Gramma, 2004). El autor inicia su relato indicando que a los pocos días que se consumó el golpe de Estado encabezado por Banzer, una docena de agentes del Ministerio de Gobierno, fuertemente armados, ocupando dos jeeps y monitoreados por dos infiltrados pasaron abruptamente a golpear la puerta de su domicilio: “¡Abran la puerta o la derribamos! ¿Entendieron, carajo? ¡Tenemos órdenes de entrar a esta casa! ¡Aquí se guarda armamento y se esconden socialistas y comunistas subversivos!”. Al ingresar a su morada vio cómo saqueaban sus pertenencias, llevándose libros, papeles y manuscritos.

Una vez detenido, fue conducido a la Dirección Nacional de Investigación Nacional (DNIC). Según Taborga, alrededor de 30 personas se encontraban junto a él, en la madrugada del 22 de agosto de 1971: “Maniatado y fuertemente custodiado (…) me encontré enseguida con dirigentes de organizaciones obreras, políticas y populares. Las celdas eran sucias y diminutas, pero aun así teníamos que caber todos en ella”. El desprecio de parte de sus captores fue traducido en amenazas y acusaciones constantes, “sobre todo -dice Taborga- de un oficial adiestrado en algún cuartel con instructores de pésima cultura cívica y patriótica”. La peculiar perorata -entre el militar y los civiles- tuvo el siguiente tono: “¡Ahora verán lo que es gobernar! ¡A ustedes, los comunistas, les vamos a enseñar a defender la patria! ¡Les vamos a enseñar a postrarse ante los símbolos patrios, a venerar y respetar a nuestros héroes nacionales, como Busch, Villarroel y Barrientos! ¡A defender la soberanía nacional frente a la intromisión de tantos libros extranjeros… a rechazar todas las ideologías foráneas…!”.

Entre otras cosas, las huestes militares se detenían a reflexionar a los detenidos: “Las Fuerzas Armadas se vieron obligadas a tomar la iniciativa de hacerse cargo del gobierno por el caos y la anarquía imperantes en el país. Que la tremenda situación de crisis se debía a la intervención de la izquierda, que no dejaba gobernar. Que, desde hoy en adelante, el país tomaría los rumbos de orden, paz y trabajo”. La violencia psicológica ejercida a los presos y el inhóspito lugar tuvieron como resultado: pesadumbre existencial, angustia y temor.

La permanencia de los presos políticos en la DNIC fue por una semana, hasta que llegó la orden “desde arriba” para trasladarlos. Primero les anunciaron que los soltarían y los custodiarían a sus casas “para que nadie les haga daño en el camino”. Luego del esperanzador anuncio, fueron violentamente introducidos a los jeeps que aguardaban en la calzada de la calle Ayacucho, frente al palacio de gobierno: “Encerrados en los vehículos y sin poder ver hacia afuera, dimos vueltas y más vueltas a la ciudad y no lográbamos arribar a nuestro destino”.

Limitados al capricho de sus escoltas, descendieron en la Base Aérea de El Alto, “circundados con una veintena de agentes fuertemente armados. Los motores de los aviones empezaron a encenderse (…). A la fuerza fuimos introducidos a la nava de dos hélices, con matrícula C-47, mientras otros presos, un tanto alejados del grupo nuestro, aguardaban a otros aviones que se alistaban para emprender vuelo”. Ya, en el avión del TAM (Transportes Aéreos Militares), fueron creciendo las dudas: “Pensé -dice Taborga- que podríamos ser arrojados desde los cielos a las selvas inmensas del trópico beniano. Sobre el caso, ya hubo una víctima: el guerrillero Jorge Vásquez Viaña fue aprehendido en 1967 y arrojado desde un helicóptero a los campos cochabambinos del Chapare. También se dice de otros prisioneros que, en épocas pretéritas, fueron botados al Illimani y al Titicaca”.

El viaje fue aproximadamente de una hora, para ellos era un momento de reflexión sobre la finitud del ser humano.

El destino, Alto Madidi

Siguiendo las impresiones de Taborga, se puede advertir que la primera reacción que tuvieron los presos al momento de pisar tierra fue ver un vasto territorio verde, indolente, húmedo y agresivo. La temperatura bordeaba los 40 grados centígrados: “El inmenso calor con humedad hizo que nos despojáramos de todas nuestras ropas de alturas, quedándonos casi desnudos. Anoticiados de nuestra llegada se concentraron para recibirnos bandadas de mosquitos, marihuises y toda clase de sabandijas que daban cuenta de nuestra desnutrida existencia”.

La hostil naturaleza hizo que surgieran las siguientes preguntas: “¿En qué lugar nos encontramos?”, “¿Qué crímenes cometimos para recibir este castigo?”, “¿Cuánto tiempo durara nuestra prisión?”. En poco tiempo, se enteraron que se encontraban en Alto Madidi, lugar ubicado en la provincia Iturralde, al norte del departamento de La Paz.

Ante los sombríos sucesos, Jesús Taborga manifiesta que llegaron a asimilar que se tenía que sobrevivir a la precaria situación: “En verdad que estábamos inaugurando un verdadero campo de concentración”. Al respecto, cabe recordar que el confinamiento de presos políticos en la región de Alto Madidi tuvo como antecedente previo bajo el gobierno de facto del general Juan José Torres (1970-1971). El funesto hecho fue registrado por el abogado, periodista y militante del Partido de Izquierda Revolucionaria (PIR), Germán Vargas Martínez en el libro Alto Madidi. Testimonio de un confinamiento (La Paz: Ediciones Moxos, 1973).

Madidi: una prisión verde

La actitud de los vigilantes -armados con fusiles y ametralladoras- gravitó en recordar a los presos políticos que únicamente debían obedecer las órdenes. Una de las primeras labores que se les impuso fue la construcción de su propia prisión: “Se asignaron responsabilidades para cada grupo organizado: cortar la palma; acarrear al hombro las hojas de motacuses; alistar la madera; cavar los pozos; seleccionar bejucos y lianas durables; en fin, darle estructura y forma a la verde y única casona”.

Además, de cuanto en cuanto resonaba una voz que les ordenaba: “¿¡Formen filas, todos, aquí y ahora mismo! ¡Digan sus nombres, uno por uno! ...”. Con el pasar de los días, “la vida que llevábamos en aquel campamento -escribe Taborga- era infernal y monótona, febril, infame y desgraciada. Permanentemente custodiados (…), no podíamos formar grupos de a cinco sin que no intervinieran de inmediato nuestros guardianes”. Otro problema que alarmó a los presos fue ver caer a sus compañeros por inanición, paludismo, deshidratación, infecciones estomacales, fiebres con espasmo y vómitos. A esto se suma el constante peligro de la naturaleza que acechaba a sus alrededores.

Con respecto a la alimentación, Taborga asevera que era escasa: “Algunas veces teníamos que suplir nuestra alimentación con algunas lagartijas, culebras, zepes, armadillos, monos y pescados que circunstancialmente cazábamos de los alrededores. A las culebras desde el cuello le arrancábamos la piel de un solo tirón. Quedaban desnudas y era la delicia de algunos de los presos, una vez aderezadas en pacumutus (asador de madera) sobre la brasa”.

La constelación verdusca del Madidi y la férrea vigilancia de los guardias fue un factor determinante para que los presos miraran a su prójimo “en actitud de desconfianza (uno no sabe lo que piensa el otro) y también de lástima al no poder ayudarnos, y ¡sobre todo! no poder hablarnos libremente. ¡Cuantas palabras ahorramos en la selva mientras acumulábamos un mundo de inauditas inventivas! Debo afirmar que en la profundidad del bosque los gestos remplazaron a las palabras”, dice Taborga.

Ideando la fuga

Según advierte Taborga, el tiempo en la selva era imprecisa, “los días y las noches se suceden sin contabilidad ni sosiego. En ese verde laberinto, perdimos los nombres y las horas y los días, y el tiempo vivido era una sucesión de soles y de lunas de nunca acabar”. Pero al adentrarse a la espesura del bosque pudieron esquivar la mirada de sus guardias, este valioso espacio les sirvió para idear su fuga de Madidi. Un factor determinante para ello fue la amistad entablada entre Taborga con uno de los guardias: “En realidad, con el soldado sellamos un pacto de sangre, mentalmente, de ayuda mutua hasta alcanzar la liberación de ambos… y ante todo la del grupo. (Nos unía a ambos -soldado y profesor- una fuerte ideología, de dos trazos: nacionalista, para él; revolucionaria para mi)”. Pero esta situación dejó múltiples interrogantes a Jesús Taborga: “¡Podría tratarse también de una treta, urdida por sus propios jefes!”.

Una vez ideado el escape, se procedió a continuar la organización interna del grupo: “Mientras la población dormía, se deslizaban furtivamente hacia el monte nuestros compañeros (…). El centro de operaciones se instaló propiamente en un punto determinado de la selva. Allí convergían y chocaban opiniones de diversa índole, sobre cómo y cuándo escapar, qué medios utilizar, el secuestro del avión, la posible refriega con los militares, y quiénes deberían incorporarse hasta alcanzar los senderos de la libertad”.

Luego de varios días de cavilación, el grupo decidió como primera medida apoderarse del armamento. “Eran las seis y media de la mañana del 30 de octubre y los habitantes civiles del campamento, adormecidos por la brisa mañanera, ignoraban los planes de fuga. Se levantaron sobresaltados por las fuertes voces que salían de la otra parte ocupada por los militares”.

El acontecimiento de ese momento fue reconstruido por Taborga: “¡Manos arriba, carajo!¡Que nadie se mueva! ¡Dejen sus armas sobre el suelo!, fue la voz decidida y valiente del cabo Mita que esa mañana dirigía junto a sus compañeros que le secundaban”. Inicialmente los soldados que estaban a los alrededores -con sus armas reglamentarias sobre el hombro-, “pensaron que se trataba de una broma, de mal gusto”. Pero la situación del evento fue tomando dimensiones favorables, atemorizada la tropa, dejó caer las armas al suelo: “Contabilizamos 30 ametralladoras M-2, seis mil cartuchos, muchas granadas de mano, señales de luces, varios revólveres y muchos puñales que fueron incautados y supervisados por nosotros”, dice Taborga.

Cumplida la primera etapa, con las armas en su poder y el campo bajo control, procedieron a esperar la llegada del avión. El 3 de noviembre llegó a Alto Madidi el avión TAM-23, “dos emisarios nuestros, vestidos de indumentaria militar, llevaban la consigna de rendir al nuevo contingente que llegaba (…). Felizmente no hubo confrontación. ¡Esta vez el avión transportaba sólo víveres, vituallas y encomiendas!”. Una vez controlada la tripulación área, se determinó ejecutar la fuga, “un tanto incierta pero también cargada de temores y dificultades”.

Luego de discutir con el capitán cuestiones técnicas, resolvieron tomar la ruta hacia Perú, “la más cercana, marcaba en el plano un aeropuerto en la localidad de Puno”. Fue entonces, que 16 insurgentes (seis militares y diez civiles), con ametralladoras en mano y algo de alimento emprendieron vuelo a la añorada libertad. Luego de varios incidentes lograron aterrizar en territorio peruano, fueron trasladados hasta un centro médico donde fueron atendidos.

Después de todo -dice Taborga- los periodistas nos seguían a todos lados con el interés de contactarnos personalmente. Tras permanecer unos días en Puno fueron trasladados vía terrestre a la población de Arica, donde fueron recibidos con solidaridad y generosidad. Llegando a recibir el siguiente comunicado: “¡El presidente Allende ha respondido favorablemente a sus pedidos. Les envía su saludo revolucionario y les concede asilo político”.

Pero luego de unos meses tuvieron que salir de Chile por la llegada al poder de Augusto Pinochet, sin muchas alternativas, tuvieron que salir apresuradamente rumbo a Europa. Al final del relato, Taborga declara que volvió a Bolivia, el primero de junio de 1978, luego de permanecer exiliado por siete largos años.

A medio siglo de la dictadura de Banzer resulta, sin duda preocupante, que muchos testimonios se fueron perdiendo bajo la sombra del olvido. Es necesario analizar con ojos críticos varios episodios de nuestra historia contemporánea. Porque si ahora se sigue repitiendo la historia oficial de manera acrítica, siempre subsistirá el riesgo de que en un futuro más o menos cercano las actuales generaciones perciban al período de Banzer como los siete años de “orden, paz y progreso”. Olvidando que toda dictadura tiende a restringir libertades y derechos. Y creo que toda limitación al Estado de Derecho, debería de ser una preocupación constante.

Freddy Zárate / Abogado

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El secuestro del presidente Hernan Siles Zuazo - Un secuestro de novela

Nota de prensa que salio publicada en el periodico Página Siete el día domingo 23 de Enero de 2022 en la sección Ideas y la subsección Letrra Siete en las páginas 12 y 13

Edgar Claure Paz y Gary Prado Salmón relatan en un libro todos los hechos y responsables que participaron en el fallido secuestro y conspiración contra Hernán Siles Zuazo en 1984.

Alfonso Gumucio Dagron

El sábado 30 de junio de 1984 ocurrió uno de esos insólitos episodios que hacen de la historia un relato que supera a la ficción: Hernán Siles Zuazo, presidente de Bolivia, fue secuestrado en un absurdo intento de golpe cívico-militar-policial. Si uno incluyera el episodio en una novela, podría ser tachado de delirante, con justa razón.

Foto libro Han secuestrado al presidente
Felizmente existe un testimonio de primera mano, Han secuestrado al presidente (1990) escrito por los ex generales Edgar Claure Paz y Gary Prado Salmón. El primero era jefe de la Casa Militar, encargado de la seguridad presidencial, y el segundo, comandante de la 8a División del Ejército en Santa Cruz, la más importante de Bolivia.

Leer este relato con casi cuatro décadas de distancia ofrece la posibilidad de revivir un episodio tan inusitado como sintomático de los extraños senderos (o espirales) que recorre la historia de Bolivia. Melgarejo, Barrientos, Natusch y el propio Evo Morales son autores materiales de un anecdotario interminable pero éste, descrito en íntimo detalle por Prado y Claure, no tendrá autores cuyos nombres merezcan ser recordados.

“Nada de lo que aquí está escrito es producto de la fantasía”, previenen ambos autores al inicio, como resguardándose de que alguien pueda poner en duda la veracidad de los hechos narrados. Y para que eso no suceda el libro está repleto de nombres, fechas, horas, detalles y fotografías que le otorgan solidez testimonial y documental.

El general Claure Paz fue uno de los primeros en recibir la noticia del extraño secuestro, cuando aquella madrugada a las 5:45 recibió una llamada de Marcos Domic, diputado del Partido Comunista, ya enterado de lo que había sucedido: “unos militares, armados y en traje de campaña, han ingresado por la fuerza a la residencia presidencial y se han llevado en un auto al doctor Siles…”. El resto del país dormía profundamente, y pasarían varias horas antes de que el acontecimiento recorriera el territorio echando chispas como guía de dinamita.

Con frecuencia, las grandes anécdotas históricas oscurecen la trama que las rodea. Detrás de un llamativo titular a cinco columnas hay una red compleja de relaciones que determinan el desarrollo y el desenlace de los hechos. Conscientes de ello, los autores ofrecen en los dos primeros capítulos del libro suficiente información sobre el contexto político y social que se vivía con el retorno a la vida democrática en diciembre de 1982, luego de 18 años casi ininterrumpidos de gobiernos militares, tres sexenios marcados sobre todo por los siete años de la dictadura del coronel Hugo Banzer y los golpes breves, pero no menos sangrientos, del coronel Natusch Busch y del general Luis García Meza.

Siles Zuazo, vencedor en las elecciones de 1980, que le fueron escamoteadas por el golpe militar, recibió en 1982 un gobierno debilitado desde su nacimiento por una economía precaria (pronto hiperinflacionaria), a la que se sumaron presiones de los partidos políticos de la derecha y de la izquierda, y del poderoso sindicalismo de la Central Obrera Boliviana y sus organizaciones afiliadas. Las posibilidades de cumplir con la “agenda de 100 días” eran remotas.

No existía una sana intención de la oposición política (ni siquiera de los partidos que eran parte de la UDP, la coalición de gobierno), de contribuir a la salida de la crisis y a la estabilidad del país. Apetitos personales y rencillas históricas guiaban las acciones de los dirigentes mientras la ciudadanía contemplaba aturdida, además de marginada de los mecanismos de decisión.

Paradójicamente, como señalan los autores, los militares institucionalistas se convirtieron en el principal sostén del gobierno, una vez que fueron separados del servicio activo aquellos oficiales que habían estado comprometidos en asonadas y golpes.

El momento histórico coincidió con el crecimiento del narcotráfico y el procesamiento de la droga en el Chapare (ya no solo en Santa Cruz), con participación de campesinos colonizadores sin remilgos morales. Los campesinos no solamente producían la hoja de coca, sino la pasta base que era transportada en avionetas a haciendas en el Beni o Santa Cruz para convertirla en cocaína. Cuando se lograba atrapar a algún narcotraficante, grande o pequeño, la “justicia” corrupta se encargaba de hacer la vista gorda, más o menos como sucede ahora.

Las relaciones del presidente Siles con el ejército se erosionaron aún más a raíz de la llegada de un avión francés con armamento, una “donación” agradecida (a cambio de Klaus Barbie) de la que los militares no habían sido informados. La oposición no perdió la oportunidad de echar gasolina al fuego: el MNR publicó en junio de 1984 una solicitada pidiendo la renuncia del presidente.

Los rumores de golpe militar volvieron a intensificarse. Aunque cada año conmemoramos o “celebramos” el 10 de diciembre como fecha del “retorno de la democracia”, olvidamos con demasiada frecuencia que las conspiraciones continuaron a lo largo del gobierno de Siles Zuazo, secuestrado en junio de 1984 y obligado a renunciar a la presidencia en 1985, en una suerte de golpe parlamentario que acortó en un año su mandato.

Los autores de Han secuestrado al presidente dibujan la cancha en la que se produjo la jugada del secuestro, detrás del cual había un esquema golpista confuso, en el que (tal como sucedió antes con Natusch), compartían el mismo taxi personajes que iban a diferentes lugares. Entre ellos despunta por su ambición el coronel Rolando Saravia Ortuño, ex edecán de Banzer, quien estaba seguro de que habían llegado sus quince minutos de gloria.

Nadie se acordará de él al terminar de leer esta reseña, pero fue el principal instigador de la juntucha golpista en la que unos pocos daban la cara y otros pocos tenían las maletas listas, por si acaso.

En un país donde los golpes militares consisten en apropiarse del Palacio de Gobierno, Saravia y sus conspiradores creyeron que el mejor camino era secuestrar al presidente. El relato sería jocoso si de por medio no hubiera estado la vida del presidente Siles, cuya reconocida serenidad contribuyó a resolver el entuerto.

En Bolivia hay un listín telefónico con nombres y teléfonos de conspiradores, siempre listos para una nueva aventura, con la certeza de que si sale bien se benefician, y si sale mal no pasa nada. En las filas del MNR había para escoger, pero también en otros partidos. Los Bedregal, Sandoval Morón, Humboldt, Fortún, Galindo (y un largo etcétera) se unieron en esta ocasión a militares y policías de menor rango, que conciben la política como un trampolín. Una amiga solía decir de los militares: “con seis años de primaria y cuatro de gimnasia ya se creen presidenciables”.

Este libro ofrece aportes fundamentales sobre lo que ocurría en el interior del Ejército, las tensiones, divergencias y ambiciones que determinan con frecuencia esas volteretas tan alejadas de la institucionalidad. Los autores han investigado para proporcionar datos precisos sobre las reuniones conspirativas previas al intento de golpe que, por supuesto, eran también conocidas por los organismos de inteligencia del Estado y del ministro de Interior, Federico Álvarez Plata. A pesar de disponer de la información, el presidente Siles estaba demasiado anclado en su lentitud para tomar decisiones y no daba la importancia debida a esos afanes conspirativos que sumaban más militares, policías y militantes de partidos políticos a medida que pasaba el tiempo. No necesitaban los conspiradores civiles tocar las puertas de los cuarteles, ahora los conspiradores militares tocaban las puertas de los civiles.

En medio de las reuniones supuestamente clandestinas de los conspiradores, se generaban episodios anecdóticos que le dan autenticidad al relato, como el entusiasmo de Carlos Ponce Sanginés, cuando en una de esas reuniones, el 25 de junio en casa del doctor Reynaldo Venegas, exclama: “A Siles hay que hacerle lo que los españoles le hicieron a Atahualpa”.

Llegado el día, el secuestro se produjo como se había planificado, con fuerzas combinadas del Ejército y de la Policía. El libro recoge los nombres de los uniformados y de los civiles que participaron en cada etapa de la conspiración, pero sería bochornoso reiterarlos aquí para sacarlos por unos segundos del anonimato del que venían y al que regresaron después. Su aventura sobrepasaba sin duda la limitada capacidad de sus cerebros.

Al margen del absurdo político y de la tolerancia insospechada de la historia, la narrativa del secuestro y la liberación del presidente Siles Zuazo, se lee como el guion de una película tragicómica. Cuando el teniente Celso Campos Pinto y su tropa ingresan a la casa presidencial para llevarse al presidente, no pierden oportunidad de robarle a la primera dama, como vulgares cacos, su reloj de pulsera, unos binoculares y un teléfono inalámbrico…

Siles es llevado a una fábrica textil abandonada en la calle Estados Unidos No. 1011, en Miraflores, perteneciente a la familia Rescala Nemtala (cómplice en la jugada), donde es entregado a seis “custodios” que fueron reclutados por Adolfo Monje y Ruddy Bertinni en un billar de los bajos fondos.

Los mercenarios, a quienes se les prometió una “peguita” estable a cambio del servicio prestado, se llevan una gran sorpresa cuando ven llegar al presidente de la República como rehén. Los organizadores del esquema muestran así su extraordinaria “valentía”, dejando en manos de criminales de poca monta la vida del primer mandatario.

La rápida convocatoria en el palacio de Gobierno del gabinete de ministros, presidido por el canciller Gustavo Fernández, y de dirigentes de partidos políticos de la UDP, así como el rechazo de los militares institucionalistas al pretendido golpe, hizo que en pocas horas se desmoronara el esquema torpemente urdido. Los perpetradores no tardaron en esconderse o buscar asilo, pero quedaba por despejarse la gran incógnita: ¿dónde estaba el presidente?, ¿seguía con vida?

Atando cabos con datos parciales, el cerco se cierra en el barrio de Miraflores. Aunque “peinado” previamente por el regimiento Ingavi, no es sino con la llegada de los capitanes David Aramayo y Miguel Flores, enviados por el general Claure, jefe de la Casa Militar, cuando ellos logran ingresar a la casa señalada saltando la pared, y son recibidos con disparos desde una ventana en un segundo piso. Balas van y vienen hasta que uno de los captores empuja hacia la ventana, encañonado, al presidente Siles: “No disparen, soy yo”.

Durante su encierro, Siles había logrado apaciguar a sus captores para que no lo maten, garantizándoles una salida que no ponía en riesgo sus vidas. Su sangre fría contribuyó a bajar la tensión.

El personaje “sorpresa” en el desenlace del secuestro es Román Cordero, del diario Presencia, arrojado y temerario foto-reportero, primer negociador sui generis, quien no dudó en ingresar en solitario y sin protección para parlamentar con los mercenarios y convencerlos de optar por una salida negociada. Las imágenes tomadas por Cordero e incluidas en el libro son un testimonio extraordinario de esas horas de tensión que precedieron a la liberación del presidente en Miraflores. La imagen de Siles apenas visible en la ventana de los cristales rotos, haciendo una señal con el pulgar levantado para indicar que se encuentra bien, las fotos del Oscar Bonifaz, ministro de Finanzas y de Jorge Crespo, subsecretario de Relaciones Exteriores, que llegaron a la escena para continuar la negociación, son un extraordinario testimonio de ese momento histórico, al igual que otras dos fotos emblemáticas tomadas en el Palacio de Gobierno: en la primera están los ministros, con los aliados de la UDP, reunidos en torno a la silla presidencial vacía; en la otra, en horas de la tarde, desde el mismo ángulo, aparece el presidente Siles, recibido de pie por sus ministros y aliados para ocupar nuevamente la silla presidencial.

Una vez acordados los términos de la liberación, el propio presidente acompañó a sus captores a la embajada de Argentina, para que puedan solicitar asilo. En la vagoneta conducida por el mayor Max Claros Caba (quien se quitó los grados para hacerse pasar por soldado), muy apretujados, además del presidente y de sus seis captores, iban Oscar Bonifaz, Jorge Crespo, el capitán David Aramayo, y el propio Román Cordero, que no cesaba en su oficio de registrar los hechos. Dentro del vehículo grabó un diálogo con los mercenarios, donde revelan que unos civiles los contrataron el viernes anterior en un billar.

Al fracasar la intentona golpista, unos huyen, otros se entregan y distribuyen culpas con ventilador, y muy pocos dan la cara, convencidos de que sus acciones eran justificadas. Incluso algunos se asilan sin estar perseguidos, inculpándose como tontos. Todo esto parece divertido una vez que ya pasó, pero no lo fue durante los instantes de incertidumbre narrados por los ex generales Prado y Claure.

Esas pocas horas condensan mucho de lo que ha sido la historia política de Bolivia, entre conspiraciones, golpes cívico-militares, asilos y exilios, y al final de cuentas: impunidad. Solo tres militares (Saravia, Ardaya y Campos) fueron dados de baja con ignominia y cinco mandos policiales que ya estaban asilados. Ninguno fue procesado ni cumplió condena alguna. Varios fueron incluso reincorporados y ocuparon nuevamente puestos de mando años después. Los conspiradores civiles apresados, fueron liberados poco a poco.

El libro incluye documentos militares y civiles clave, que se emitieron durante las pocas horas que duró el secuestro y en días posteriores. Hay pronunciamientos de los golpistas, del Congreso, del gabinete de ministros, de las Fuerzas Armadas, etcétera. Uno de ellos es el de los propios mercenarios, que decidieron dejar la embajada de Argentina y entregarse a la justicia boliviana.

Al final todo queda en nada. Como siempre en Bolivia, los perpetradores de crímenes se reciclan fácilmente. Así lo demuestra el epílogo del libro, que actualiza la información sobre cada uno de los principales cabecillas del fallido golpe y el secuestro del presidente.

Este es un libro que merece una nueva y mejor edición, que no se deshoje como una margarita, y que quede como referencia para la memoria de nuevas generaciones.

Alfonso Gumucio Dagron / Escritor y cineasta

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Lugares de Bolivia que todos deben conocer

 Este es un video del periodico cochabambino Los Tiempos que muestra una serie de lugares turisticos en forma muy resumida. Para ver el sitio donde encontraras la mas completa colección de  sitios turisticos  de Bolivia es en este enlace

www.pinterest.com/boliviadelbicen

Fuente: https://youtu.be/BMJ2CxUSEGQ



Inmigración en Bolivia

 A través de este enlace podemos ver las diferentes migraciones que hubo en Bolivia, de que paises vinieron y mucho mas

https://es.wikipedia.org/wiki/Inmigraci%C3%B3n_en_Bolivia

Guerra del Chaco ( I ) El agua atrae a la tormenta

Nota de prensa que salio poublicada en el periodico Página Siete el día

El próximo 15 de junio se cumplen noventa años del estallido de la Guerra del Chaco, cuyo trágico acontecer no solamente desangró a dos países hermanos durante tres años de cruento enfrentamiento, sino que marcó indeleblemente el devenir futuro de Bolivia en lo social, político y económico.

Al asumir la presidencia y presionado por las negociaciones diplomáticas que se llevaban a cabo en Washington, Daniel Salamanca decidió apurar la penetración en el territorio en disputa, pues era convicción general que, de llegarse al arbitraje, éste partiría de las posiciones que ocupen Paraguay y Bolivia en ese momento: “Establecido el enlace entre los sectores septentrional y central del Chaco […] faltaba llegar a los fortines recientemente fundados en dichos sectores, con los del sudeste, para dejar concluido el programa de penetración y defensa esbozado por el nuevo gobernante de Bolivia. Era relativamente poco lo que restaba por hacer, pero era lo fundamental. Si se lograba realizar este enlace final, una línea de fortines sin discontinuidad, extendida en semicírculo, de norte a sudeste, habría formado un valladar sólido que el Paraguay no habría podido impunemente perforar. […] Había que poner manos a la obra” [Alvéstegui, Salamanca. T.3:367].

En ese afán, tanto el gobierno como el Estado Mayor General del Ejército eran conscientes de que el factor determinante y limitante para ese avance lo constituía la escasez de fuentes de agua. Es por ello que se buscó el apoyo del Lloyd Aéreo Boliviano, a fin de que sus naves sobrevolaran el Chaco en su búsqueda; estos vuelos comenzaron en julio de 1931 y, en uno de ellos, efectuado por el gerente del LAB Germán Schroth, se dio con un espejo de agua: “Más al sureste, aparecieron los reflejos de luz solar de una laguna más grande, pero no pudimos explorarla durante ese vuelo, ya que nuestro suministro de combustible era insuficiente para ello. Pero se exploró durante uno de los siguientes vuelos. Encontramos una laguna de aguas cristalinas, de una extensión aproximada de 600 por 200 m y poblada por muchas aves acuáticas, pero sin ningún rastro de asentamiento humano” (Schroth, En el Reino del Cóndor: 181).

Conocida la novedad, esta vez fueron aeronaves militares las que buscaron la laguna; hasta que, el 25 de abril de 1932, el mayor Óscar Moscoso, que viajaba de observador en un avión Vickers Vespa pilotado por el mayor Jorge Jordán, divisó el espejo de agua, al que, en principio, lo llamó “Gran Lago”, para luego bautizarlo “Laguna Chuquisaca” en el informe a sus superiores. Para mal de las naciones en disputa, apenas unos meses atrás, una expedición de oficiales rusos al servicio del Paraguay había dado con ella y levantado un pequeño fortín en su orilla noreste.

Recibidos en La Paz el informe del descubrimiento y el croquis elaborado por Moscoso, el general Filiberto Osorio, jefe del Estado Mayor General, “ordenó suprimir de las copias del plano de Moscoso la inscripción que decía: probable fortín paraguayo y tres casas y un corral… ¿Por qué ordenó el general Osorio que se borrara esta inscripción? [...] La supresión de esa señal no podía conducir sino a la comisión de errores fatales. Hay pues derecho a considerar maliciosa esa mutilación” (Alvéstegui, Salamanca. T.3: 372). A Salamanca se le dijo que las construcciones observadas eran, tal vez, “un tolderío de salvajes”. Como hace notar David Alvéstegui, a partir de ese momento, “empiezan a ser turbias las informaciones militares ofrecidas al presidente de la república”.

Para los mandos militares, el espejo de agua se convirtió en objetivo prioritario, pues les permitiría hacerse del elemento más escaso en la zona central del Chaco. A pesar de que Salamanca expresó sus recelos sobre si lo hallado no sería una avanzada paraguaya, Osorio y su Estado Mayor creyeron haber engañado al presidente y, seguramente con la confianza de que, de darse un nuevo enfrentamiento con tropas paraguayas, éste sería un incidente más de los muchos sufridos y superados en años anteriores, se ordenó al coronel Peña, comandante de la Cuarta División sita en el Chaco, envíe a Moscoso, al mando de tres suboficiales y veinticinco soldados, a tomar Laguna Chuquisaca, que los paraguayos habían bautizado como Laguna Pitiantuta.

La tarde del 14 de junio de 1932, Moscoso y sus hombres llegaron a orillas del lago. Al amanecer del día siguiente, luego de un breve intercambio de disparos que puso en fuga a la reducida guarnición paraguaya, el fortín paraguayo fue tomado por las fuerzas bolivianas.

Al conocerse la novedad en La Paz, mientras el Estado Mayor General se congratulaba del paso dado, Daniel Salamanca anota en sus memorias: “la noticia me llegó como un rayo inesperado”, causándole gran contrariedad, puesto que desde que ordenó el inicio de la ocupación del mayor territorio posible en el Chaco recomendó mesura en esos avances, evitando choques armados. Las consecuencias de la decisión del comando militar serían las temidas por el presidente, encendiendo la chispa de la contienda bélica con nuestro vecino del sudeste.

PASTEL DE API - EMPANADA DE QUESO FRITA

INGREDIENTES

- 300 gramos o 2 tazas de harina
- 1/4 cucharilla de sal
- 25 ml de aceite (5 cucharas)
- 150 ml agua hirviendo(3/4 de taza)
- Queso

video de la preparación

https://youtu.be/VmK1BeXTcZs

PREPARACIÓN:

En un bowl tamizar la harina, añadir la sal mezclar bien

Añadir el aceite, vierta agua caliente poco a poco e ir moviendo rápidamente con una cuchara, amasar obteniendo una masa elástica de consistencia dura, la masa debe ser manejable no se debe apegar a las manos tal como se ve en el video.

Dejar reposar la masa por 20 minutos.

Forme bolitas espolvoreando harina sobre la mesa de amasar, uslerear muy delgado, para que aumente de volumen. Coloque el queso al centro de cada circulo, cierre poniendo un poco de agua al borde y presione con los dedos, repulgar o ayudarse con un tenedor

En un sartén o perol con bastante aceite caliente freir uno por uno con la ayuda de una cuchara moje por encima de las empanadas hasta que se doren y se vayan inflando (ver video)

dejar escurrir sobre una hoja de papel absorbente para quitar el exceso de aceite.

Servir calientes espolvoreando con azúcar impalpable al gusto y acompañar con la bebida de su elección

Tips:

Si me preguntan qué tipo de harina usé, use harina 000 que es la que venden en tiendas de barrio

Es muy importante dejar reposar la masa para que esta se humedezcan debidamente las partículas de harina y la masa se vuelva más manejable

Puede pasar que tu harina requiera un poca más de agua, así si vez que te cuesta hacer la bola añade de 1 a 2 cucharas de agua

Con esta cantidad me salieron unas 8 pastelitos de tamaño mediano, si quieres del tamaño de las caseritas cada bolillo deberá pesar unos 90 gramos resultando unos 4 pasteles grandes.

Para que la masa quede infladita debes laminar lo más delgado posible aproximadamente 1mm de espesor, recuerda cuanto más fina este la masa más infladitos te saldrán los pastelitos

Con respecto a las medidas en tazas uso como referencia las tazas de margarina regia

Si no te sale a la primera no te desanimes vuelve a internarlo repasa los pasos mencionados con anterioridad, ve el video y veras que te saldrán estupendos






Fuente: https://www.youtube.com/watch?v=VmK1BeXTcZs

Eduardo Avaroa H. y el misterio de la predestinación

Nota de prensa que salio publicada en el periodico Página Siete el día domingo 3 de abril de 2022 en la sección ideas y la subsección Letra Siete en las páginas 12 y 13

Humberto Párraga Chirveches

Se ha levantado más temprano que de costumbre, en el otoño naciente. Aunque está acostumbrado a madrugar, este es un día especial. No sólo porque es domingo, sino porque se prepara a cumplir con una obligación cívica y no religiosa. Se ha vestido en silencio. Primero, la camisa de lino y los pantalones de paño gris, algo abultados, a nivel de las rodillas? debido al uso repetido. Ha embutido la camisa que rebasa la cintura, dentro de los pantalones y ajustado el cinturón. Se ha puesto el chaleco y el saco del mismo paño, y amarrado sus botines de faena, meticulosamente. Finalmente, el sombrero de fieltro oscuro y ala corta, con corona aplanada, de uso menos frecuente que el sombrero de ala amplia, parecido al de los vaqueros.

Es un hombre delgado que luce alto como se lo ha descrito ?para su talla de metro y sesenta y siete centímetros. Su cabello tiene el tope encanecido. Su rostro muestra facciones suaves con pómulos salientes; los ojos, mirada amigable. Debajo de la nariz aguileña tiene un bigote abundante de puntas afiladas, y aunque, usualmente, tiene una perilla de pelo oscuro en el mentón, hoy la perilla luce incipiente, porque se la había rasurado para una foto de grupo, hace unos días.

Es el 23 de marzo de 1879 y para un hombre que ha cumplido 40 años -el 13 de octubre del año próximo pasado-, luce maduro, pero repuesto, ya que había estado enfermo en diciembre. Sus ademanes no ostentan notoria virilidad o marcialidad. Sólo una tranquila dignidad. Esta mañana se ha dado tiempo para dirigirse, desde su casa ubicada en la calle principal de la pequeña población de Calama, hasta el lugar donde se han concentrado, en los últimos días, un total de 135 patriotas voluntarios. Tienen el común objetivo de repeler el ataque de las tropas invasoras del país vecino, que hoy se aproximan por el camino que viene de Caracoles.

Algunos patriotas están razonablemente armados y otros (cerca de 30) cuentan sólo con burdas lanzas. Casi todos son civiles, aunque a algunos se les ha otorgado grados militares de emergencia, tal el caso del jefe de la resistencia, un abogado que ha ejercido varios cargos públicos, incluyendo el de presidente del municipio de la población de Caracoles, ahora llamado el coronel Ladislao Cabrera.

La población de Calama es rural, tiene unos 900 habitantes, pero es considerada como el tambo obligatorio o el oasis mejor equipado antes de atravesar la desolada pampa para llegar al mar. La llaman oasis porque a esa altura, las aguas el río Loa han sido desviadas a un buen número de acequias que sirven para irrigar parcelas donde crece la alfalfa.

El hombre tiene varias cosas en la mente. De inicio, rememora la cronología de las cartas que tuvo que escribir en los últimos seis días, para mantener el ritmo de sus actividades comerciales y personales. El martes 18 de marzoha mandado a Irene, su compañera y madre de sus cinco hijos, productos negociables, incluyendo una damajuana de anisado, harina y dos sandías, lamentando la falta de azúcar.

El mismo día ha escrito una nota a Ladislao Cabrera, ofreciendo a nombre de su hermano Ignacio y su familia “la contribución de los siguientes alimentos para la tropa y las bestias caballares y mulares: una arroba de azúcar, otra de arroz, 20 libras de fideos, 30 libras de charque, un quintal de papas, 10 libras de sal, dos barriles de pan desharinado, un quintal de cebollas, 5 kilos de café negro, 10 amarros de tabaco, 23 amarros de papel de hilo,10 barriles de agua para tomar, 20 arrobas de pasto y cebada, 9 turriles de pólvora, un cinto con un revólver y 10 libras de …”, algo ilegible. A este punto el hombre sonríe, misteriosamente, recordando que ha ofrecido azúcar a la tropa y no a Irene.

El miércoles 19 de marzo, ha escrito a su amigo Roberto Cruz, en Tocopilla, ordenando “una docena de botines para niños, de todo tamaño,” además de dar instrucciones acerca de la modalidad del envío. El jueves 20 de marzo, una carta poder a Don Juan de los Ríos, residente de Atacama, para que le represente y contraiga matrimonio con Irene Rivero Pacha, la madre de sus hijos.

El mismo día, escribe otra carta a su “apreciada Irene” alertándola sucintamente acerca de la carta poder, y una segunda carta a don Juan de los Ríos, mencionando la situación política, el envío de periódicos que no tuvo tiempo para leer y la promesa de pagarle “los gastos ocasionados por el poder con arreglo a las formalidades que requieren esta clase de asuntos”.

El viernes 21 de marzo ha escrito una carta de cortesía, a doña Julia H. de los Ríos, en Atacama o Toconao, ?una pariente y además, esposa de don Juan?, mencionando la situación de alerta, y al mismo tiempo la posibilidad de que, quizás en pocos días tendría el gusto de abrazarla: “no espero sino el primer combate con los de Caracoles, para poder retirarme de acá, para que la familia esté más tranquila”.

En fin, las acciones de un hombre que ve su rutina interrumpida, y deduce que hay riesgos en el futuro mediato y sabe lo que debe hacer, sin que los nubarrones bélicos se adueñen de su espíritu. Tal su responsabilidad a la patria, a sus cinco hijos y su compañera, Irene, que ha tolerado por años la ilegitimidad de la unión, a pesar de que su hijo mayor, Andrónico, ya tiene más de quince años y el menor, Juan Eduardo, va a cumplir uno.

Además, está convencido de que ella es la persona que necesita, por ser fuerte, independiente y, simultáneamente, la asistente ideal en sus actividades comerciales.

Entonces cae en cuenta que ha llegado al lugar donde, a las 6 de la madrugada, ya se ha seguido el plan de la división grupal de los compatriotas, en una defensa que incluye tres vados, porque tres son los caminos que vienen de Caracoles. Habla con el coronel Cabrera y los otros voluntarios, notando la frugalidad de las emociones. Es la mañana escogida, no por él, sino por las circunstancias históricas. Asignado al vado del Topáter, su misión es defender el puente del mismo nombre, sobre el rio Loa que, constituye la única vía de acceso a la población de Calama, por el lado sur. Sin embargo, siguiendo órdenes, empieza en una posición adelantada que le dará la opción de movilizarse.

Sabe que las tropas chilenas, en un contingente de 554 soldados, vienen de Antofagasta, vía el pueblo minero de Caracoles, en una marcha a pie de casi 230 kilómetros. A eso de las 7 todos los fusileros se han integrado a sus lugares asignados. Las comunicaciones se han reducido a cuchicheos iniciados por los celadores patriotas, que reportan la presencia de dos o tres soldados chilenos que exploran el río y han estado espiando a los bolivianos siquiera por dos horas. La espera continúa hasta aproximadamente las 7 y 30.

Entonces, abruptamente, empieza el combate. En el vado de Huaita o Carvajal, el ala izquierda de los chilenos, entran 75 cazadores a caballo, quienes, sorprendidos por las descargas cercanas de los patriotas, escondidos en las chilcas del otro lado del río, pierden, de inicio, siete soldados. Detrás de la caballería, ataca la compañía restante del llamado 2do. de Línea que, rechazan a los patriotas con éxito notorio. Tienen un cañón Krupp para apoyar el ataque. Sin embargo, esta batería sólo realiza un disparo.

El hombre observa en seguida que, en el Vado de Yalquincha, en el sector central chileno, 25 cazadores a caballo intentan cruzar el río, sin lograrlo, debido a las descargas de los patriotas que, por órdenes del coronel Cabrera, se han apostado en la llamada Casa de Máquinas de Amalgamación. El hombre y otros fusileros son miembros de ese grupo defensivo. La compañía del 4to. de Línea, desplegada en guerrillas ataca este punto, eliminando finalmente la denodada resistencia de los patriotas.

Es entonces que los soldados chilenos concentran su ataque en el ala derecha, el Vado del Topáter. El hombre ha tenido que moverse hacia el puente, con notoria rapidez, acompañado de 8 fusileros y dos oficiales, y sólo en ese momento, parece darse cuenta de la inevitabilidad de lo que está ocurriendo. Unos 25 cazadores a caballo, y la 1ra. y 2da. compañías del 2do. de Línea los atacan resueltamente, tomando algunos prisioneros. Se escucha el rumor del agua, las voces de los fusileros, los gritos esporádicos que, gradualmente se retiran y desaparecen, y sólo queda el hombre que va a convertirse en héroe.

Queda solo, como el último combatiente, en el más claro signo de la predestinación. Queda solo, en una trinchera lodosa, con su Winchester y quizás otros dos rifles de dos soldados ya muertos. Y es en esta soledad atestiguada por más de un centenar de los invasores, que el hombre se convierte súbitamente en héroe. Un insólito símbolo del patriotismo incondicional que provoca, inevitablemente, una empatía, velada por una bruma de tristeza.

El subteniente chileno Carlos Souper describe el incidente de la trasfiguración, con prosa honesta: “Nos sorprendió constatar que un boliviano desde dentro hiciera fuego a más de 100 hombres, entre caballería y el 2do. de Línea, que iban a pasar por allí. Pues amigos, nos dio balas duro y fue imposible pillarlo por mucho que se lo buscaba”.

Ya empieza la media mañana, en el devenir del tiempo, y aunque por su acción “temeraria pero claramente patriótica”, cosecha simpatía, el héroe les dificulta el paso, razón por la que le ofrecen el don de la sobrevivencia, en la legendaria oferta del coronel chileno Villagrán, “ ¡Ríndase y le otorgo la vida!”. Después de un momento impuesto por la fugacidad del pensamiento, no hay dubitación en su voz cuando responde: “¡Que se rinda su abuela!”.

Es porque, en ese instante, el hombre está rabioso de su impotencia y su soledad, recordando, en un relámpago que la obligación del ciudadano es defender a su patria, tal como le había enseñado, en su niñez, quién sabe qué profesorcita rural, inolvidable, en la humilde escuela de San Pedro de Atacama. ¡Quién sabe qué persona fidedigna, que tuvo el poder de marcar el corazón de los niños, con el acero ardiente de la obligación ineludible!

Así, la legendaria respuesta del héroe no se hizo esperar. Dijo claramente: ¡Que se rinda su abuela! (respuesta embrollada, en el tiempo, por el uso de variables adjetivos, que van de cobarde a carajo, según la voluntad del orador de turno). De cualquier modo, la mesura del insulto final es evidente, ya que espontáneamente salta una generación y omite a la madre. No dice, por ejemplo, “¡Que se rinda su (adjetivo)… madre!”, como sería del caso en nuestros días. Demuestra una ingénita capacidad de refrenarse, consiguiendo, de este modo, que el enemigo no internalice el insulto.

Y ese hombre, llamado Eduardo Abaroa, fue enterrado en el cementerio de Calama con honores militares por el Ejército chileno, a las 3 de la tarde del mismo día. El entierro fue precedido por una ceremonia en la que se hicieron veintiún disparos y los 21 casquillos fueron incluidos en el ataúd junto al cadáver, envuelto en la bandera chilena, a falta de una bandera boliviana. Hubo un total de 20 bolivianos muertos y 34 prisioneros, en la batalla de Calama. En el lado chileno, 7 muertos. La batalla duró más de tres horas.

Sin embargo, las distorsiones referentes a la persona del héroe y a su vida no se han dilucidado y persisten, constituyéndose en un desafío para el investigador, no sólo porque se repiten con caprichosa frecuencia, sino porque tramontan cualquiera motivación honorable. Aparte de las distorsiones se hallan los enigmas legítimos, que nos empujan a retornar con frecuencia a las más confiables fuentes de referencia, que son sus 137 cartas y otros documentos legales.

Empecemos con el uso del apellido de Avaroa Vs Abaroa. Está demostrado, en sus cartas (escritas en un periodo de casi nueve años, desde la edad aproximada de 30, hasta su muerte), que don Eduardo firmaba Avaroa, en sus transacciones comerciales, personales y comunicaciones con miembros cercanos de su propia familia (hermano, primo y tía materna).

Si recordamos que escribir el nombre propio es lo primero que uno aprende en la escuela, en ausencia de problemas cognitivos, teorizamos que su decisión de usar Avaroa, en lugar de Abaroa, fue propia y voluntaria. Tampoco podría atribuirse esta peculiaridad simplemente, a la ortografía de don Eduardo, porque ?aunque detectamos múltiples y significantes lapsus en varias muestras de su comunicación epistolar,? su caligrafía corresponde a las usanzas del siglo XIX. Entonces, para el propósito de este ensayo respetaremos el uso del apellido Avaroa.

Respecto a su genealogía, se sabe que don Eduardo era hijo de Juan Abaroa y Benita Hidalgo. Siendo la familia Abaroa una familia tradicional (léase, sin mayores antecedentes notorios) de la zona precordillerana de San Pedro de Atacama. Don Eduardo fue el quinto de ocho hijos; sus hermanos fueron: Cesaria, Guadalupe, Ignacio, José, Gregoria, Corina e Irene. Ignacio, su hermano, cinco años mayor, devino en su allegado de por vida porque, aunque dotado de buenos dones personales había aceptado de inicio que Eduardo tenía una mejor disposición para los negocios, por su iniciativa, tenacidad, y su don de gente. Ignacio había aceptado su rol de socio comercial que, aunque secundario,? era indispensable para la consecución de las transacciones iniciadas por su hermano, especialmente cuando éstas incluían la población minera de Caracoles, donde radicaba.

Don Eduardo Avaroa tenía los dones de un comerciante, sin remilgos, preparado para resolver problemas, logrando una fluidez económica, con el negociado de una diversidad de productos (desde pomadas para la piel hasta zapatos para niños), junto a sus intentos de actividad minera vía la exploración y análisis de muestras metalúrgicas.

Sin embargo, el hecho de estar localizado en Calama lo convertía, primordialmente, en el distribuidor intermediario de alimentos para San Pedro, Caracoles, y otras localidades. Sus actividades incluían periódicamente la compra y venta de casas refaccionadas o reconstruidas con la colaboración de Irene, su compañera; una mujer industriosa y llena de coraje, que vivía en San Pedro de Atacama.

Las designaciones de militar, contador, escritor, propietario de un periódico, propietario de grandes concesiones mineras, hacendado y magnate financiero no reflejan la realidad. Avaroa no fue un militar de profesión, pero hay reportes de que se le otorgó el grado de coronel póstumamente. Tampoco fue un contador profesional, en los lugares donde trabajó antes de independizarse.

No fue un escritor de artículos sociales y orientadores, literato o filósofo y mucho menos el propietario del periódico El Eco de Caracoles, pero sí fue distribuidor y vendedor de subscripciones en Calama, San Pedro, Toconao y otras localidades, actividad que aparentemente inició su amistad con Ladislao Cabrera, quien era el que publicaba el periódico.

Tampoco fue un magnate financiero (aunque posiblemente aspiraba a serlo), que había ofrecido donar comestibles y otros enseres a la pequeña tropa de patriotas voluntarios, con el objetivo de obviar su participación en el combate de Calama. La noción de que él ya había empacado todas sus vituallas y que su familia lo esperaba en Potosí, además de otras nociones tangenciales publicadas, desafortunadamente, en periódicos nacionales, cuestionan su patriotismo, al punto de racionalizar que su participación en la contienda fue solo para proteger su hacienda cuantiosa.

Bastará decir que un análisis de sus circunstancias personales y una relectura de sus cartas a don Juan de los Ríos, a Julia H de los Ríos, a Irene Rivero, en los días anteriores al 23 de marzo de 1879, muestran claramente su intención de defender Calama de los invasores.

Este ensayo postula, respetuosamente que, don Eduardo Avaroa Hidalgo fue un hombre sin aparentes pretensiones elitistas, alerta y trabajador. Un empresario mediano, un comerciante diversificado. Simultáneamente, un hombre con un inusual sentido de responsabilidad a su país y su gente, catapultado casi inevitablemente, hasta se diría, casi poéticamente, en el seno de la gloria, por el misterio de la predestinación.

* Del libro de ensayos inéditos, Espejos y Espejismos del autor.

Humberto Párraga Chirveches Escritor

Paises en los que se puede viajar sin visa

Estos son los paises en los cuales es posible viajar sin visa

ASIA

Bangladesh, Camboya, Hong Kong, Indonesia, Laos, Macao (SAR China), Malasia, Maldivas, Nepal, Filipinas, Singapur, Sri Lanka, Timor-Leste,

EUROPA

Irlanda, Rusia, Serbia.

ÁFRICA

Benín, Cabo Verde, Islas Comoras, Djibouti, Egipto, Gambia, Guinea-Bissau, Kenia, Madagascar, Malawi, Mauritania, Mauricio, Mayotte, Mozambique, Reunion, Ruanda, Seychelles, Somalia, South África, Tanzania, Togo, Uganda, Zambia.

OCEANÍA

Islas Cook, Polinesia Francesa, Micronesia, Nueva Caledonia, Niue, Islas Palaos, Samoa, Tuvalu.

CARIBE

Bahamas, Islas Vírgenes, República Dominicana, Antillas francesas, Haití, Jamaica, St. Kitts and Nevis, St. Lucia, San Vicente y las Granadinas.

AMÉRICA

Argentina, Belice, Brasil, Chile, Colombia, Costa Rica, Ecuador, Guyana Francesa, Nicaragua, Panamá, Paraguay, Perú, Surinam, Uruguay, Venezuela

MEDIO OESTE

Armenia, Bahrain, Irán, Jordania, Omán, Qatar, Turquía.

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